Normalmente cuando cierro un libro por última vez algo queda. Desesperanza, todo lo contrario, un sentimiento amoroso profundo, una duda, un sinfín. Si ese es nuestro punto de partida, podemos decir que Houellebecq tiene talento y logra sorprender: no deja nada. La blancura de la inmensidad, el espacio inabarcable del devenir de la humanidad, el sentimiento de impotencia ante un mundo que nos desagrada, pero por el cual no estamos dispuestos a mover un dedo.
Luego, rabia, desconcierto y desacuerdo. Odias a Houellebecq. Al rato, dices que es un gran narrador, que lo pasaste bien leyendo su novela. Su forma de entender el mundo se aleja totalmente de la propia… y yo no soy de los que ‘darían mi vida por escuchar tu opinión’.
Asco y asombro, se podría decir. La marcada impronta posmodernista que no puede evitar ubicar lo irremediable como quid. El asco va por el lado de tratar de situar la “anomia” como “destino”, como si estar tirado en mi sofá mirando el techo fuera, exclusivamente, el resultado de un inconmensurable número de variables indescifrables. Asombro porque es dicha situación no puede responder más que al cinismo (o la ironía) de un autor trabajador y meticuloso; Houellbecq –imagino yo- no espero de espaldas a que “Plataforma” emergiera del escritorio escrito.
El “turismo de intereses especiales” es un concepto maravilloso, habría que ser un cínico irremediable para negarlo. Ir Tailandia gratis, el ideal de musa ejecutiva-liberal-libidinosa, ser un lector de tiempo completo; tener todo esto a la mano y terminar irremediablemente hecho mierda puede sonar demasiado familiar, mas no por eso menos irremediable. Esta es la historia de un hombre que nunca tomó las riendas y obviamente, se cayó del caballo.
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